Carta abierta a mi amigo Jorge Legorreta | Por: Pedro Arrojo Agudo

Cuando pasé por la ciudad de México, de camino a Guadalajara, en junio pasado, me llegó la terrible noticia de que Jorge Legorreta había sufrido un derrame cerebral y estaba ingresado en el hospital. Me apresuré a interesarme por su estado de salud y me tranquilizaron, al informarme que, dentro de la gravedad, se iba recuperando poco a poco… Ya de vuelta, en España, me llega hoy la brutal noticia de su muerte.

Más allá de acompañar en el dolor a su familia y a la multitud de amigos que deja Jorge, quiero escribir estas líneas para honrar su memoria, su entusiasmo vital y la lucidez de sus ideas y propuestas.

Jorge era un enamorado de la ciudad de México que, como buen amante, conocía íntimamente, sus rincones, sus biorritmos y su historia… Por ello cuando íbamos a organizar en DF la exposición Agua, ríos y pueblos, que tengo el honor de dirigir, lo primero que hizo fue invitarnos, a mí y a nuestro común amigo Rodo (de La Parota), a visitar su estudio, donde guardaba valiosos documentos de la historia del agua en el valle de México. Luego nos llevó a recorrer Xochimilco, visitando sus chinampas y hablando con sus amigos, los campesinos, que aún dan vida a esa hermosa expresión de inteligencia ancestral que atesora la ciudad, casi sin saberlo… Quedé tan impresionado que le propuse preparar una exposición sobre la historia del agua en el valle de México, en paralelo a Agua, ríos y pueblos. El rector de la UAM acogió nuestra propuesta y financió su realización.

Como buen conocedor de esa historia, Jorge insistía, con lucidez, en el gran error que cometieron los colonizadores españoles cuando, en nombre del progreso, iniciaron el drenaje y desecación de las lagunas y humedales. Luego serían los propios mexicanos quienes perseverarían en esa línea de sanear el valle a base de desecarlo, con obras de drenaje cada vez más descomunales que pasarían a convertirse en bandera y orgullo de la ingeniería mexicana… México, DF, acabó, de esta forma, convirtiéndose en un ejemplo paradigmático de las paradojas y contradicciones a las que puede llevarnos el arrogante y brutal paradigma renacentista de dominación de la naturaleza… Desecar el valle, sobrexplotar sus acuíferos, con el consiguiente hundimiento progresivo de la ciudad…, para acabar requiriendo ingentes trasvases, como los del Lerma y Cutzamala, a fin de atender las necesidades de más de 20 millones de personas…

La paradoja de una ciudad levantada en un valle de agua, con treinta y tantos ríos, que hoy se ve amenazada por el fantasma de la sed… Jorge hablaba con frecuencia, y con entusiasmo, de esos treinta y tantos ríos de DF, que nadie conoce… ; esos que alimentaban las lagunas y que siguen naciendo de fuentes prístinas cerca de la ciudad … Ríos que hoy dan nombre a las calles que los cubren, y que siguen existiendo, aunque ya la mayor parte de las lagunas que alimentaban no existan, ni puedan recuperarse… Ríos de aguas limpias que contaminamos, transformamos en cloacas de la ciudad para drenarlos fuera del valle de México y, a renglón seguido, traer ingentes caudales de lejos, mediante costosas infraestructuras y duros impactos socio-ambientales que ya suscitaron agudos conflictos, como los protagonizados por las mujeres mazahuas…

Recuperar lo que queda de este privilegiado valle de agua, sus ríos y sus acuíferos, permitiría cuando menos negociar con la naturaleza un futuro digno y sustentable: ese fue y es el lúcido mensaje que nos dejó Jorge Legorreta…

Desgraciadamente, tanto en el caso del acuífero, como en el de los ríos soterrados bajo las calles de México, se puede aplicar ese lema de “ojos que no ven, corazón que no siente…” “ …y cabeza que no piensa”, añado yo.

Jorge Legorreta, con la lucidez que le daba el conocimiento crítico de la propia historia de México, insistió en que era necesario cambiar radicalmente la estrategia que rige desde hace siglos, basada en aplicar dogmáticamente el paradigma de dominación de la naturaleza mediante drenajes, cada vez más profundos, y trasvases, cada vez más lejanos y masivos. Jorge insistió siempre en la necesidad de recuperar el sentido común que, como bien es sabido, pasa por ser hoy el menos común de los sentidos… Jorge reivindicaba, y seguirá reivindicando a través de muchos que le recordamos y recordaremos con cariño y admiración, renegociar con los ríos del valle de México, con los acuíferos y con las lagunas y humedales que aún quedan, un futuro sustentable para esta hermosa, a pesar de todo, ciudad de México.

Gracias, Jorge.

Pedro Arrojo Agudo es Profesor emérito de la Universidad de Zaragoza (España). Fundación Nueva Cultura del Agua.

En la foto: Jorge Legorreta, Rodolfo Chávez (De CECOP-La Parota) y Pedro Arrojo, durante su recorrido por Xochimilco, México | Agua, Ríos y Pueblos.

Publicado originalmente en La Jornada, 25 de julio de 2012 http://www.jornada.unam.mx/2012/07/25/opinion/021a2pol